Nanofibras de piña transforman suelos áridos: de residuo a recurso agrícola
El aprovechamiento de residuos de piña, provenientes de la industria de zumos y hostelería, ha permitido desarrollar nanofibras de celulosa capaces de mejorar suelos áridos y arenosos. El proceso incluye trituración, tratamiento alcalino, blanqueo y molienda fina hasta obtener fibras y nanocelulosa con alta superficie específica, capaces de formar redes tridimensionales que retienen agua y nutrientes en el suelo.
Los experimentos se realizaron en suelos del Golfo, extremadamente arenosos y pobres, utilizando arenas líticas, ricas en cuarzo y calcáreas. Las nanofibras se incorporaron en proporciones entre 0,25 % y 3 % en peso, evaluando parámetros físicos, hidráulicos y agronómicos, y plantando plántulas de tomate cherry para medir efectos prácticos.
Resultados técnicos destacados:
- Retención de agua: aumento hasta 32,7 % y reducción de evaporación casi a la mitad.
- Permeabilidad: caída de hasta 58 %; cohesión de granos incrementada hasta cuatro veces.
- Retención de fósforo duplicada, reduciendo pérdidas por lavado y mejorando la fertilización.
- Plántulas de tomate cherry: dosis óptima 0,25–1 %, con mayor supervivencia, crecimiento vigoroso y sistemas radiculares desarrollados. Dosis altas (~3 %) reducen aireación y rendimiento.
La nanocelulosa muestra gran estabilidad en suelos áridos, manteniendo propiedades físicas casi dos años, lo que permite considerarla como infraestructura temporal que mejora el sustrato antes de integrarse al ciclo del carbono.
Este enfoque representa una oportunidad de bioeconomía circular, conectando regiones productoras de piña con territorios áridos, generando empleo y cadenas de valor sostenibles. Experiencias internacionales en Indonesia y regiones MENA muestran que la nanocelulosa puede combinarse con compost, estiércol y otros biomateriales para aumentar la fertilidad y frenar la desertificación.
Los retos futuros incluyen producir nanofibras a bajo coste, optimizar logística de recolección y procesado, estandarizar dosis según tipo de suelo y evaluar impactos ambientales a largo plazo, asegurando una agricultura resiliente y sostenible en zonas con recursos hídricos limitados.
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